Ya es 19 de Diciembre. Cada día que pasa me siento un año más viejo, pero no son las arrugas lo que
me condena, sino el espíritu. Durante toda la vida he sido chapista-pintor, primero de carrocerías de vehículos turismo, más tarde toda la flota de vehículos locales de la delegación de la empresa a la que pertenezco.
Son 22 años de experiencia ya, luchando desde el principio por destacar, tener más conocimientos y más ganas de esforzarme o exigir menos que el resto para poder acceder a esto, a lo que tanto esfuerzo dediqué estudiando. Pese a vivir peor que las generaciones anteriores, estoy contento por tener un trabajo (digno), una cierta libertad de vida y la tranquilidad de poder no depender de nadie. Me considero autosuficiente, a mi no me cuida la empresa, igual que yo no la cuido a ella.
Desde hace un par de años a esta parte ya no pinto, ni pulo, ni ayudo a diseñar modelos. Ahora me dedico, la mayor parte de mi jornada, a hacer recados para otros trabajadores. Cada vez menos, la mayoría, técnicos de informática y reparadores tecnológicos en general. Especialistas en electrónica y programación. Al principio me preocupaba no realizar las tareas que en un primer momento la empresa requería de mí, además de haber descendido de facto a una de las categorías laborales más
bajas del escalafón, pero, siendo prácticos, seguía siendo independiente, autosuficiente y un ciudadano de pleno derecho.
Hablo ahora en pasado, con la mayor de las tristezas, porque me han comunicado esta mañana que ya no se requerirá más de mis servicios. La instalación de sistemas neumáticos, los humanoides asistentes y las subcontrataciones con corporaciones de distribución de servicios han acabado con mi labor actual, así como asesinaron la anterior los brazos mecánicos y programadores de diseños automatizados para vehículos de todo tipo. Ya no hay caldereros, mecánicos especialistas y por supuesto, no hay chapistas ni pintores. Se encargan las máquinas. Ellas son más independientes y más autosuficientes. Además no piensan.
En la víspera de la década en la que pisaremos Marte como especie, gran parte de la humanidad va a la deriva: Sólo en España, cuya población se mantiene en unos estables 60 millones de personas, la mayoría de la tercera edad, sufrimos un desempleo de 16 millones de personas, entre 35 que está en edad laboral. Los camareros fueron sustituidos por androides y máquinas que te hablan. Las secretarías se extinguieron. Todos los empleos basados en cálculos o esfuerzo físico repetido son historia. La tasa de paro real, aquella que se compara con la población en edad de trabajar, se acerca cada año más a la increíble cifra del 60%, motivo por el que cada año la seguridad urbana y el civismo brillen más por su ausencia.
Vivir se ha vuelto peligroso. Siempre que no formes parte de una familia adinerada, poseedora de cierta plantilla de maquinaria, con dispositivos de seguridad suficientes en su vivienda y entorno como para no preocuparse por esa mitad de la población de la que se espera, a priori, que cometan delitos y actos violentos con la clara intención de obtener una parte del pastel, de sobrevivir o, simplemente, de vengarse. Un desarrollo legal permitió que las personas puedan basar su seguridad en equipos automatizados, así como la defensa de la propiedad privada con medios propios oportunos. Las circunstancias así lo permitieron.
Hace un par de décadas hubo un debate social a escala global en el conjunto de los países más desarrollados sobre la instauración de una renta básica así como una reducción de la jornada laboral manteniendo los salarios, como cambio de modelo económico y respuesta a la creciente robotización para evitar la deriva previsible de aumento de paro, pobreza, desigualdad y, en consecuencia, aumento de la inseguridad, de la violencia y, en general, actos delictivos. Fue un debate intenso, en el que, como en los buenos debates, ambas partes aportaban argumentos certeros, con gran parte de razón y que en ningún caso podrían ser acusados de beneficiar a una u otra clase social. Los defensores de el nuevo modelo, apelaban a la necesidad de cubrir servicios básicos por el simple hecho de haber nacido, ya que el modelo laboral competitivo no iba a perdurar. No se puede competir con las máquinas.
Los detractores del nuevo modelo apelaron a la responsabilidad individual, a la productividad, a la justicia social en materia laboral y de esfuerzo personal, y a la envidia. Todos eran argumentos razonables, pero los que más peso obtuvieron fueron sin duda el de la productividad y, en mayor medida, el de la envidia velada en frases de justicia social. Nadie que hubiese trabajado al menos una década de su vida estaría dispuesto a aportar impuestos o a que se cedan fondos del estado para gente que nunca va a trabajar. De ninguna manera. ¡Pero como habiendo trabajado tanto tiempo se les iba a equiparar a los vagos que nunca dieron ni iban a dar un palo al agua! ¡Cómo iban a aspirar a ser alguien más con una renta estable no meritoria que no ofrece promoción!
Recuerdo el momento del debate, y recuerdo que, tras mucho debatir con mis conocidos, pese a tener una gran simpatía por la renta básica (ya que me parecía el mayor avance de la humanidad desde la carta de los Derechos Humanos) me posicioné finalmente con los detractores. Yo había conseguido acceder a un puesto de trabajo en el que era feliz, y, aunque nuestra capacidad adquisitiva iba
disminuyendo año tras año al poco de haber ingresado, siempre estuve convencido de que la clave eran el esfuerzo y la superación personal. Si alguien se te pone por delante, mejoras y te haces con el puesto. Es lo que siempre me enseñaron. Además, la renta básica, como los mejores lemas de la humanidad, me parecía una utopía.
Yo formaba parte del pensar común, de la mayoría dominante, del discurso que poco a poco se fue haciendo único: defender una renta básica era, entre otras cosas, de resignados, de débiles y de vagos. De gente que no aspiraba a más y por tanto, que no podían aportar nada a nuestra sociedad. Así veíamos las cosas yo y bastantes centenares de millones de personas en el mundo occidental. Si no aportas nada, no te mereces nada. Es más, la vida no tiene sentido.
Como decía, me han comunicado que ya no me necesitan. No tengo nada que aportar a mi corporación y no sé cómo puedo aportar a la sociedad: todo lo que sé es de carrocerías y pinturas, de modelismo automovilístico y algo de mecánica. Las personas ya no nos dedicamos a eso. Ni siquiera nos dedicamos a hacer recados, recoger facturas u ordenar documentos. Todo eso lo hacen las máquinas.
He acudido a una asesoría laboral, empresas que proliferan a nivel de pandemia, a buscar recomendaciones para volver a ser alguien. Me muestran con datos que las personas que aspiran a encontrar un nuevo trabajo, que son aproximadamente un 10% de los desempleados, deciden reciclarse, es decir, adquirir nueva formación sobre las materias a las que las personas se dedican hoy día: especialista en electrónica, programadores, informáticos de sistemas, especialistas en redes y nuevas tecnologías de comunicación...
Todos de la rama tecnológica electrónica o computerizada. Yo lo más parecido que conozco a un ordenador es una tuerca, y dispositivos electrónicos que me son familiares son el fusible y pocos más. Tengo 41 años, llevo 22 trabajando y ahora me piden que elimine esa parte de mi vida, que me olvide de quién he sido, que me recicle. Será porque me he convertido en basura.
Me siento fatal. Me siento engañado. No como cuando te engaña un amigo o tu pareja y al cabo de los meses, destapas la mentira con consecuencias casi siempre irreversibles, no. Es peor. Me siento como si hubiera vivido una completa mentira. Me siento co-protagonista con mas de media humanidad de esa película que tanto nos gustó hace ya más de 30 años, en el que la vida del protagonista era todo un montaje. Familia, amigos y trabajo incluido. No digo que mi familia y mis amigos hayan sido un montaje, pero desde luego su forma de pensar y la mía si lo han sido. Ha tenido que sucederme a mí para darme cuenta de que no somos basura. Son ellos quienes consideran que media ciudad es un vertedero porque no cumple con sus fines, o no les aporta. Nunca quisimos a nuestras mascotas porque aportasen, si no porque fuesen. Igual con nuestra familia, amigos e incluso con nuestras parejas. Los quisimos a todos por ser, no por aportar, aunque nos enseñaron lo contrario.
En el ecuador de mi vida me doy cuenta de que he desperdiciado la primera mitad de ésta. No he hecho nada que realmente aporte a la humanidad. No he pensado por los demás, no he sido nadie. Me he dedicado a preocuparme por tener cierto dinero que me permitiese vivir un día a día plácido con caprichos personales y para los demás, pero nunca he cambiado realmente nada ni a nadie. No de la
forma que mi corporación me ha cambiado. Ha roto todos mis esquemas lógicos, me ha hecho ver la luz. Las personas comunes sobramos en un mundo donde la única divinidad es material y donde no importa el género humano o las próximas generaciones. Es una guerra silenciosa en la que los conquistadores no toman lo de los demás mediante la violencia o la ocupación, sino mediante la inutilización del otro. He tardado media vida en darme cuenta, pero ahora no puedo reciclarme. No acepto reciclarme. Yo no soy basura. La mayor parte de la humanidad no es basura. Basura son aquellos que quieren hacer de su propia especie un vertedero por interés personal y ahora
que veo la guerra no puedo mirar hacia otro lado.
Sevilla, 5 de Diciembre de 2016.




